Nelson Mandela
Según los expertos, aunque dominemos un idoma extranjero, las emociones que transmitimos cuando utilizamos nuestra lengua materna no son nunca las mismas que transmitimos cuando utilizamos una lengua extranjera.
Cuando hablamos en nuestra lengua materna, en el mensaje que transmitimos van implícitos unos sentimientos, una historia familiar, un legado social… que aunque no estén explícitos, van a parar al subconsciente de la persona receptora.
Por este motivo, por ejemplo, los lingüístas aconsejan hablar a los bebés en el idioma con el que nos hablaron nuestros padres, nuestros abuelos, con el que nos cantaron nuestras primeras canciones… porque todo el legado intangible que transmitiremos al hacerlo pasará a formar parte de la personalidad del bebé y contribuirá en su desarrollo.
Esta lengua que aprendimos ya desde el útero de nuestra madre y que transmitimos a nuestros hijos es la denominada lengua afectiva.
Cantar es, por encima de todo, transmitir emociones. De ahí la importancia de utilizar, cuando cantamos, no solo nuestros labios, sinó todo nuestro cuerpo. Una pierna que se adelanta, unos ojos que se cierran, unos brazos que se abren… modificarán el sonido que emitamos, pero también el mensaje que transmitamos.
Asimismo, el idioma que utilicemos al cantar, también influirá en las emociones que transmitiremos. La información que emitiremos cantando en una lengua extranjera (por muy bien que la conozcamos) no será nunca comparable al torrente de información emocinal, social, histórica… que transmitiremos inconscientemente cantando en nuestra lengua materna (nuestra lengua afectiva) .
La adaptación lingüística de una canción pide un gran esfuerzo de concentración, creatividad y rigor lingüístico y musical.
Traducir una partitura no es traducirla, sino adaptarla a otra lengua.
¿Por qué? Pues porque cuando traducimos una partitura, se añade un nuevo elemento a todo aquello que debemos tener en cuenta cuando traducimos cualquier documento (contexto, intención, tono, estética lingüística, público de partida, público de llegada, etc.).
Este nuevo elemento es la música.
Cuando la música entra en juego, aparecen muchos otros factores a tener en cuenta, como el recuento sílabico, la rima, los acentos, la sonoridad, la intención, los finales de frase, el ritmo, el alejamiento-acercamiento y la naturalidad.
Al mismo tiempo, aunque tengamos muy encuenta los factores musicales, nunca olvidaremos las reglas de la gramática, la sintaxis, la ortografía y la puntuación que rigen cualquier lengua.
1. Escucha: escucharemos la canción. ¿En qué nos hace pensar? Qué sensaciones nos evoca? Qué sonoritat tiene? Qué tipo de canción es? (balada, heavy, pop, rock, tema de un musical…?)
2. Lectura: leemos la letra entera y la entendemos. No empezamos nunca a traducir ningún texto sin haberlo leído íntegramente!
3. Análisis de la partitura: leemos y analizamos con detalle la letra en la partitura. ¿Cómo están distribuidas las palabras? ¿Qué sílabas acompañan cada nota? ¿Cuáles son las notas fuertes? ¿Hay acentos cruzados en la versión original? ¿Querremos respetar estos acentos cruzados en nuestra adaptación? ¿Las palabras nos ayudan a mantener el ritmo de la canción (por ejemplo, utilizando monosílabos)? Etc.
4. Adaptación del cuerpo de la canción: adaptamos la canción al nuevo idioma, teniendo en cuenta todos los elementos descritos más adelante.
6. Adaptación del título: una vez que hemos traducido toda la canción y tenemos su significado y sus características bien integrados, buscamos un título que se adecue: debe ser un título atractivo y que represente el significado global de la canción.
5. Análisis lingüístico: una vez tenemos la adaptación realizada, la analizamos desde un punto de vista lingüístico (ortografía, sintaxis, gramática, puntuación…) y nos aseguramos de que todo esté correcto.
6. Comprobación: nos aseguramos de que nuestra letra y la partitura encajen correctamente.
7. Interpretación: cantamos la canción con la nueva letra y comprobamos que la interpretación de la misma sea orgánica y resulte cómoda y natural.
La sonoridad es uno de los elementos que intervienen cuando adaptamos un tema musical a otro idioma. Pero éste no es el único elemento. A continuación, os explicamos cuáles son:
El número de sílabas de cada compás deberá coincidir en los dos idiomas.
Cuando dos frases rimen en el original, en la traducción también deberán rimar.
Todas las «notas fuertes» de una frase musical deberán coincidir con sílabas tónicas.
Las palabras de una composición musical no solo transmiten significados, sino también sensaciones. Un sonido cacofónico (desagradable al oído) nos servirá, por ejemplo, para una canción de carácter violento, pero un sonido eufónico (agradable al oído) nos servirá para una balada romántica.
La combinación de música y palabras despierta sentimientos. Al adaptar en otro idioma una canción, nos preguntaremos qué quiere transmitir el autor de la pieza musical a su público.
En la medida de lo posible, intentaremos que los finales de frase más “importantes”, o donde se alargue mucho la última nota, el sonido sea muy próximo al original.
Las palabras que elijamos para nuestra canción en el nuevo idioma deberán permitir que la interpretación de la misma pueda mantener el ritmo marcado en la partitura.
A veces, por mucho que querramos ser fieles a la versión original, deberemos alejarnos de ella y crear un texto prácticamente nuevo (manteniendo, obviamente, la temática de partida) para que el público objetivo acepte como suya la canción traducida y le resulte natural cantarla.
Cuando la canción ya esté traducida, deberemos cantarla o pedir a alguien que la cante para ver si nos suena natural. Una canción no debe sonar nunca a «traducción», sinó que debe sonar como si hubiera sido escrita directamente en la lengua en la cual se está interpretando.
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